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La conquista del Bisaurín (II)

marzo 17th, 2010 · No Comments · Deporte y Salud

Sabía que más allá del cansancio físico mi problema era mental. No era capaz de pensar con claridad y por un momento pensé que mi retirada estaba próxima. Miré hacia arriba con la esperanza de ver a mis compañeros. Sabía que verles en lo alto del pico me motivaría para continuar, pero por algún extraño motivo nadie asomaba. Esperaba unas palabras de ánimo o incluso una ayuda. Pero nada de eso llegaba. Quizá después de la cumbre hubiese una pequeño llano y mis compañeros se hallasen al final del mismo disfrutando de un rico embutido, frutos secos y sobre todo agua. Miré mi botella: apenas me quedaba para dos tragos. Le di un pequeño sorbo, me di la vuelta y contemplé el paisaje. Aquello era sublime. Los Pirineos en todo su esplendor se hallaban ante mí. Solamente por aquel momento de inmensa paz había merecido la pena. Quizá la cumbre tendría que esperar a otra vez. Clavé los crampones con fuerza para evitar caerme y me ajusté la mochila.

Quería continuar pero no sabía cómo. En ese momento vi una persona que bajaba. Y detrás varías más. Aquello era una señal. Me quedé quieto, esperándole, dosificando las pocas fuerzas que me quedaban. Me vio tan exhausto que lo primero que me dijo fueron palabras de ánimo. Le dediqué una media sonrisa. Más habría sido derrochar las pocas fuerzas que tenía. Le pregunté si quedaba mucho. “No te voy a engañar” me contestó, “todavía te queda un trecho duro y después de esta cumbre hay otro pequeño repecho”. No recuerdo la altitud  y distancia que me dijo pero inmediatamente supe que lo más duro estaba por llegar. En cierta manera sabía que al final del aquella pala habría más. Lo que no sabía era cuanto, ni si mi cuerpo aguantaría. Le dije que habría preferido una mentira. Se rió. A veces es mejor vivir en la ignorancia.

Las noticias no eran buenas, pero al menos sabía a lo que me enfrentaba. Decidí apretar el paso y fui al encuentro del resto de montañeros. Todos me saludaron afectuosamente, pero pude ver en sus caras que en realidad no confiaban en que lo lograse. No les culpo, yo tampoco confiaba. Sin embargo, su presencia me dio ánimos y pude hacer acopio de las últimas fuerzas que me quedaban. Bajé la cabeza, volví a respirar y empecé a clavar los crampones: derecha, izquierda, derecha, izquierda. Interiormente me repetía estas palabras. Pocos pasos después volví a descansar . Repetí el proceso varias veces y así, conseguí llegar al final de la pala. Aquello no era el final pero tampoco el principio.

Ya llevaba cinco horas y estaba en el límite de mis fuerzas. Sabía que estaba cerca pero también que ya no me quedaban fuerzas. Era la pendiente final. Como en los videojuegos, ya había superado varios monstruos y me esperaba el monstruo final, el más duro. Allí me esperarían mis compañeros. Descansé lo suficiente y con la mente puesta en el horizonte empecé de nuevo a caminar. Iba lento pero seguro. La pendiente ya no era tan pronunciada y la dificultad era más física que otra cosa.

A mi derecha vi a otro montañero que subía con los esquís al hombro. Sin duda tendría que estar haciendo un esfuerzo similar al mío. Decidí apurar el paso e intentar aprovechar sus huellas. Al tercer paso me di cuenta de que jamás podría seguir su ritmo, y por tanto aprovechar sus huellas. Me tocaba otra vez abrir paso.

Uno, dos, uno, dos. Seguía repitiéndolo en mi cabeza con la esperanza de olvidar el cansancio. Cuando ya apenas podía dar un paso más vi finalmente en la cima de la montaña las siluetas de mis compañeros. Allí estaban. Distinguí a  Victor con su cazadora amarilla y también a Luis con sus guetres rojos. También divisé a Myriam y a Alex. En ese momento supe que coronaría, pero también supe que sería el esfuerzo físico más grande de mi vida. Me dejé caer y disfruté por primera vez en las dos últimas horas del contacto de la nieve.

Me separan apenas 200 metros de la cima. Los más largos de mi vida. Sin agua y sin fuerzas afronté ese trecho como una cuestión de orgullo. A los que nos gustan los retos sabemos que el sufrimiento forma muchas veces parte de los mismos. Y aquello sin duda era un reto. Caminé lento, parando cada dos pasos, con la vista puesta en la cumbre. No veía huellas delante de mí pero me daba igual. Solamente quería llegar arriba.

Caminaba como un robot: con la mirada fija y los pasos firmes, pero muy lentamente. Intenté buscar una motivación interna y lo único que se me ocurrió fue que aquello era un gran paso para el hombre y un pequeño paso la humanidad. Comencé a repetir esa frase en voz alta, malgastando absurdamente mis últimas fuerzas. En ese momento me llegaron voces de ánimo desde arriba: “no queda nada”, me gritaron. Tenían razón, no me queda nada de fuerza, estaba más allá del límite. Lo que no entiendo es cómo sigo caminando pensé. De donde sale esta fuerza me preguntaba. Después de estar sumido en las tinieblas ahora veía la luz. Estaba más cerca que nunca físicamente pero también más lejos mentalmente. No podía más. Iba a reventar de un momento a otro.

Acerté a escuchar como mis compañeros me indicaban que a la derecha la ruta estaba marcada. Hacía allí me orienté, a la búsqueda desesperada de unas huellas que me facilitasen el camino. Parecían no llegar nunca. Me volví a parar. No entendía nada. Estaba ahí al lado. Los tenía enfrente de mí pero no era capaz de moverme. Cada paso era una tortura. Llevaba el crampón derecho suelto desde el inicio de la última subida y me dolía el abductor izquierdo muchísimo. Daba igual la pierna que utilizase. No sabía que era peor, si hundir la pierna en la nieve o si sentir el músculo agarrotado. Si no tenía fuerzas ni para ajustarme el crampón como demonios iba a subir esa última pendiente, pensé para mí mismo.

En ese momento llegó la solución en forma de ángel vestido de amarillo. Victor, el compañero más en forma de la expedición decidió bajar y marcarme el camino. Aquel pequeño esfuerzo para él supuso para mí un gigantesco alivio. Se acercó hasta mi posición, me animó y empezó a marcarme los pasos. Ya me veía en la cima.

A cada paso me sentía como si estuviese logrando algo único. Primero la conquista de América, después la llegada a los polos, el Everest, el desierto del Gobi, y ahora yo llegando a la cima del Bisaurín. En ese momento me sentía como los montañeros profesionales cuando logran sus ocho miles. Y en cierta manera mis pasos eran tan lentos y costosos como los de los grandes montañeros. Comparativamente el esfuerzo era similar. La única diferencia era que yo no había sufrido el temido mal de altura aunque si una pájara de mil demonios. Para mí, la última hora antes de coronar el Bisaurín había supuesto un reto mental de considerables dimensiones. Había estado sumido en la zozobra más absoluta, a la deriva y sin rumbo, y en ese momento me encontraba más cerca que nunca del objetivo.

Cinco horas y media después alcanzaba la cima del Bisaurín, situada a 2.669 metros de altitud. Más tarde se completaría el grupo con la llegada de Alvaro y Mar, quedando grabado para la historia la ascensión de los siete. Los siete del Bisaurín a partir de ahora.

Había subido 1000 metros de altitud desde que partimos del refugio, y había soportado el dolor, el sufrimiento, la soledad y el cansancio extremo, pero también había experimentado el compañerismo, la satisfacción, la alegría, la visión de un paisaje único. En definitiva el placer de la montaña.

Toqué la cima, tiré los palos, miré a mis compañeros y me tumbé en el suelo. Había conquistado el Bisaurín.

 

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